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Tigercat comenzó en 1992, cuando un pequeño grupo de profesionales con vasta experiencia en todas las facetas de la industria de equipos de tala se unió a MacDonald Steel, la compañía de fabricación con sede en Cambridge, Ontario.

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Tigercat se enfocó en las contribuciones y reacciones de los contratistas forestales del sudeste estadounidense, y se dispuso a diseñar una alternativa técnicamente superior. El resultado fue el feller buncher 726, rápidamente reconocido como una máquina más duradera y confiable, capaz de lograr una mayor producción. El 726 también demostró tener una vida útil más prolongada y un tiempo de actividad significativamente superior al de las máquinas de la competencia.

El inmediato éxito del 726, sumado a la atención que Tigercat prestó a los comentarios y la satisfacción de los clientes, establecieron un elevado estándar al comienzo de este negocio, que la compañía busca superar continuamente.

El prototipo 726

En 1992, al costado de una autopista al norte de Florida, se encontraba un camión Mack remolcando un feller buncher de aspecto extraño. Con él había dos hombres que empuñaban un juego de punzón y matriz, y un martillo de bola; eran un conductor de camiones llamado Don Snively y un comerciante llamado Jim Wood. Ambos trabajaban para MacDonald Steel. Los números de serie y el papeleo eran detalles menores que nadie había tomado en cuenta en el apuro por terminar la fabricación del prototipo del feller buncher 726 de Tigercat, hasta que se asomó la posibilidad de ir a la cárcel.

Cuando llegó el momento de fabricar el prototipo Tigercat en 1992, Wood era la opción obvia. Como electricista matriculado, mecánico de maquinaria industrial y mecánico de automóviles, contaba con las habilidades y el talento para solucionar las complicaciones e incertidumbres que sin duda acompañarían al ensamblaje de una nueva máquina, en la esquina trasera de una planta de fabricación de aceros.

El tiempo pasaba y Wood recuerda que el presidente de Tigercat, Tony Iarocci, le preguntó si la máquina estaba lista. Contestó: «”podemos enviarla ahora o esperar tres semanas más”. Tony dijo: “envíenla mañana”. Se ataron las baterías con cuerdas elásticas a la cubierta protectora inferior.

“Snively subió al viejo camión Mack que se dirigió a la Expo Southeast en Tifton, Georgia. Wood lo seguía en una camioneta. Trabajaban en la máquina durante las paradas, a la noche. Para cuando llegaron a Georgia, estaba aceptablemente terminada. Luego de la exhibición, ambos, a menudo acompañados por Iarocci y el propietario de la compañía y CEO, Ken MacDonald, recorrieron la región sudeste con la máquina.

Al recordar la Expo Southeast y a los representantes de otro fabricante de equipos que los habían llevado, el copropietario de Williston, Eddie Hodge, dice: “Nos hacían correr por toda la exhibición para llevarnos a ver (sus) máquinas nuevas y nosotros queríamos pararnos a ver esta máquina Tigercat nueva. El maldito motor estaba puesto al revés… Además, el nombre sonaba bien”.

Poco tiempo después de la exhibición, Eddie y su operador volaron a Luisiana, donde se estaba exhibiendo la máquina, y se encontraron con Iarocci, MacDonald, Snively y Wood. No quedaban muchos árboles en el emplazamiento, pero fueron suficientes. “Cortamos algunas bases de árboles y la hicimos andar sobre algunas colinas; allí encontramos algunos árboles de pie”, explica Eddie. Y luego propuso un mes de prueba.

Eddie recuerda: “Le dije a Tony: ‘Si quieres, puedes llevar esto a Florida. Como no la conocemos, tendrás que dejar al mecánico con ella. Si la máquina se mantiene entera por un mes, la compraremos’. Así que ese fue el trato”. La máquina ni siquiera tenía un número de serie. A Don lo detiene el Departamento de Tránsito de Florida, y ellos nos llaman. Él llama a Canadá y no puede viajar por más o menos medio día. Como saben, los equipos robados se mueven de esa forma, se le borran los números de serie… Ellos son de Canadá; no tienen papeles. Tienen un camión solo con cabina. Todo lo que querían era librarse de esa cosa y regresar a casa”. Para el momento en que Snively dejaba la máquina en lo de Hodge y emprendía el regreso, había estado fuera de su hogar durante cuarenta días.